Seguro que todo el mundo… Bueno, yo al menos puedo recordar dos o tres episodios de mis infancias (la primera y la segunda) en los que, atrapado sin remisión, descubierto en la misma escena del crimen, me esforcé en parecer digno y (sobre todo) inocente escudándome en esa frase: ¡Yo no he sido! Y algunas veces sí había sido, y algunas no, pero eso es lo de menos…, la cosa era protegerse del dedo amenazante de, casi siempre, un mayor que nos miraba acusador, parapetado también él tras la pregunta terrible: ¿Quién ha…?
La única respuesta posible: ¡Yo no he sido! “Yo no he sido” con la esperanza de, por una vez, resultar convincente, de que te creyesen, de salvar el error cometido (cualquiera que fuese) con esa simple frase. Y qué alivio cuando parecía (casi siempre lo parecía) dar resultado…, aunque tú sabías que no, y eso resultaba muy doloroso. Y eras tú solo al otro lado del mundo, no estabas, lo eras. Y era duro, muy duro, porque sabías dos cosas: que nunca confesarías y que, con el tiempo, habría otras ocasiones en las que volver a repetir: ¡Yo no he sido!… Algo que queda para siempre en el corazón…, como tantas otras cosas.
Miren si no los filósofos, los grandes de la historia (los de ayer)…, toda su vida pontificando, pronunciando frases enormes en el enorme intento de salvarnos la vida.., autoeximidos de toda culpa, como si ellos nunca hubiesen sido…, y, curiosamente, casi todos unos grandes hijos de papá, miembros de familias ricas o acomodadas, salvo la excepción de Proudhon que, claro, se hizo anarquista.
Mi querido Ángel, ¡yo no he sido!

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