Pertenezco a la generación del UHF, ese canal que luego dio en llamarse “La Segunda Cadena ”, después “La Segunda” a secas, para pasar más tarde a ser “La 2” y, espero que definitivamente, “La de los documentales de la 2” . En resumen, años 60 y 70 y el mundo en blanco y negro. Pertenezco a esa generación pero en mi casa no teníamos UHF, mi padre, pitoniso él, auguraba grandes peleas entre él mismo y sus 6 hijos por el programa de turno. Alma de cántaro, no podía saber (ni nosotros tampoco) que el poder pasaría rápidamente a manos de sus vástagos y, más rápidamente aún, de sus nietos, aunque esto casi no llegó a verlo.
La cosa es que, en aquellos años, con la Primavera bien entrada en carnes, era cita obligada (no había otra) la reunión de toda la familia delante de la Iberia de dos mandos (canales –que no cadenas- y volumen) para asistir a uno de los acontecimientos del año: el Festival de Eurovisión. Cita más o menos obligada en aquellos años, voluntaria y esperada desde entonces hasta hoy. Esperada y disfrutada, que hemos visto desfilar grandes canciones, grandes intérpretes y grandes otras-cosas, que también las ha habido. Todo ello aderezado con la extraña gracia de José Luis Uribarri, santón definitivo del festival y archivo viviente del más nimio dato que sobre aquél pudiera interesar.
Grandes festivales, sí señor. Pero ninguno como el de ayer en Düsseldorf. Hubo temas magníficos, buenos (aunque no tanto) intérpretes, una escenografía del siglo XXII y una ausencia total de frikis (salvo, quizás, el francesito ridiculín). Pero, para mí, lo mejor fue la constatación de un país fuerte que se ha vuelto a levantar, que está orgulloso de ello (y un tanto cansado de ayudar(nos) a los demás) y que, desde luego, no estaba para tonterías de yo te voto a ti porque siempre lo he hecho que luego tú me votas a mí y verás que bien quedamos todos que para eso somos o hemos sido vecinos. El público protestó y con razón, y yo también. Liderazgo económico pero también cultural, porque ayer, entre tanto país más o menos serio o más o menos de opereta, lo único distinto, original y verdaderamente moderno lo pusieron precisamente ellos. La mejor canción, la mejor intérprete (a años luz de los demás), la mejor coreografía y hasta el mejor presentador, ese gordito simpático y roquero. Después una gran canción americana por Italia, un magnífico ská de Moldavia, una bonita balada finlandesa (dadadam-dadadam), los años 70 redivivos con Serbia, auténtica fuerza georgiana y poco más (que ya es mucho). ¿La ganadora?: el dúo Pimpinela pero sin maleta. ¿Y España?, en las verbenas de este próximo verano, como siempre.
Dos cosas para acabar: en primer lugar los parecidos razonables del cantante francés con Chucky “el muñeco diabólico” y del griego no-rapero con el novio de Susana Uribarri (todo queda en casa). Y en segundo lugar la inauguración del nuevo verbo “uribarrizarse” por parte de José María Íñigo que, conforme transcurría el festival, fue dando rienda suelta a su archivo particular con datos acerca de cantantes y compositores que seguramente ni ellos mismos conocían.
Y basta, no tengo tiempo para más, que voy a llamar al consulado alemán más próximo para que me digan qué debo hacer para ser como ellos, con esvástica y todo si es necesario.

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