Todo tiene su punto, y su momento. Y cada momento tiene sus signos, señales que nos recuerdan dónde nos encontramos. La Semana Santa también, pero no hablo de procesiones, de servicios religiosos, de visitas a las iglesias, no hablo de recogimiento y piedad, no de rezos, no de misas, no curas y obispos en su mejor momento (que lo es, al fin y al cabo la Semana Santa resume la fe católica como ninguna otra época del año)..., no señores, hablo, entre las brumas de mi gastada vista enfrentada a un ordenador portátil de tamaño imposible, hablo, repito, de cine.
Y de cine con mayúsculas, de grandes películas de época. De época como género cinematrográfico, de películas de romanos, de historias de curas y monjas, de las pelis de la Semana Santa de mi época..., que, miren por dónde, son las mismas que las de ésta.
Es verdad que estos días no he podido localizar a Audrey Hepburn en Historias de una monja, ni a Robert Powell en Rey de reyes (que a lo mejor sí, pero no he podido), pero no me han fallado los más grandes (por eso lo son), los insustituibles, los inmortales Quo vadis y, el no va más, la madre de todas las películas de época, la indescriptible Ben-Hur. Y entraré al trapo de la discusión con los fans de la primera.
Díganme lo que quieran, háblenme de técnicas cinematográficas que desconozco por completo, que me discutan guiones y hasta el fondo de las histoiras pero..., ¿y los personajes? ¿Qué me dicen de Esther, de su padre ávido de venganza, de la madre del protagonista, madre por encima de todo, de Baltasar, pánfilo, ingenuo y bueno como pocos..., y de Mesala? Mesala, centro de toda la trama, explicación de todas las vicisitudes que acontecen a lo largo de la película. Mesala , representante de la civilización, de la auténtica civilización, orgulloso y consciente de serlo. Mesala, con las ideas más claras que ninguno de nosotros llegaremos a tener nunca. Mesala, el auténtico héroe que lucha contra el destino que, desde el primer minuto, le hemos marcado todos los espectadores, el derrotado que no se rinde, que decide que su idea y su orgullo por seguirla está por encima de todo. Mesala..., Stphen Boyd que prácticamente no tuvo más remedio que morir tras vivir durante tres horas dentro de la piel del más grande héroe que yo he llegado a apreciar.
De críos jugábamos a indios y vaqueros y todos queríamos (en esa época) ser vaqueros. En el teórico juego de Judá Ben-Hur frente a Mesala todos hubieran querido ser Judá. Yo no, yo hubiese querido ser Mesala...
¡Roma!, decía frente a su amigo con los ojos iluminados por el orgullo y la emoción. ¡Roma!, y no hay más que añadir.

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