Estoy impresionado por la imágenes de televisión, las inocentes víctimas desparramadas por las calles, el ataque brutal del ejército oficial sobre civiles desarmados cuyo único crimen fue la protesta, el dictador impávido parapetado tras unas cuantas proclamas propagandísticas ya gastadas por tanto uso año tras año, conflicto tras conflicto, barbarie tras barbarie. Y así desde hace treinta o cuarenta años, desde los 70, los primeros 70.
Casi respiro aliviado ante la reacción internacional, los aliados unidos en una misma causa, cobijados por el amparo de la ONU. Bombardeos de posiciones oficialistas, en defensa de opciones democráticas, humanidad anhelante de libertad para sus hombres y mujeres, el bien contra el mal de algún modo.
Sólo lamento, desde la distancia, el roto inevitable en las calles de Damasco, ciudad que en mi propio imaginario (puede que algo colectivo) está unida con Antioquía y ambas, con citas inolvidadas e inolvidables de la Biblia y de Ben-Hur. Pero es de suponer que deberemos sacrificar algo de cada pequeño corazón particular si queremos eliminar de la vida política y social a una saga de tiranuelos como la de Al-Assad , instalada en Siria desde poco más allá de mi uso de razón.
(¡Ah, perdón!, ¿que no han movido de Libia?, ¿que la ONU aún no dice nada? ¿que los chinos siguien sonriéndose para adentro?. Lo siento, esta cabeza mía va más deprisa de lo que resulta conveniente).

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