No soy una persona sociable, más bien soy asocial, distante del mundo en general.
Ojo, no digo que sea antipático, no señor, puedo por el contrario ser extraordinariamente simpático y ocurrente, como todos vosotros, mis amables lectores, habréis comprobado hasta la fecha.
No soy una persona de amigos, no de muchos. De mi infancia no conservo ninguno, de mi juventud (cada vez más lejana) tampoco y de esa edad intermedia entre los treinta y los cuarenta, no me los merezco.
Pero ahora tengo algunos. Quizás no del tipo canónico, no de interminables conversaciones, no de confianza extrema, no de todos para uno y uno para todos. No de casi nada.
Pero tengo unos amigos con los que puedo salir a esquiar (travesía) con la seguridad de que, casi al cien por cien, no me van a dejar tirado, de que si flaqueo -lo hago- me van a esperar, de que si no puedo más dirán: "media vuelta". En fin, buenos amigos.
Aunque no sé mucho de ellos ni ellos de mí
(P.D.: Yolanda, lo has roto tú, yo sólo avisaba)

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