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viernes, 20 de mayo de 2011

DE CHINOS Y CELEBRACIONES

No voy a dar la noticia, a estas horas (las de ustedes, amables lectores) todos se habrán enterado: nos han engañado (perdón por el chiste fácil, pero es irresistible) como a unos chinos. Grandes inversiones, rescate de las cajas, nueve mil millones (por lo menos) de euros chinos (euros chinos han dicho en la radio, no sabía yo), la repanocha, salida de la crisis a lomos de una dragón (chino, claro).., y nada. Pero nada de nada oigan. La risa. Pero no seré yo quien haga sangre de este asunto,  es una mala noticia, y una mala noticia lo es siempre, sea quien sea el culpable y sea quien sea el protagonista.

Y lo digo por lo de las celebraciones. Sí, me refiero a Troitiño, ese terrorista con nombre de futbolista brasileño que se ha picado 6 años de cárcel por no sé qué interpretaciones legales acerca del cómputo de la prisión preventiva, etc., etc., etc. Y los tertulianos, comentaristas y políticos todos se han escandalizado del recibimiento que ha tenido por parte de familiares, amigos y acólitos varios en el momento de su excarcelación. Que si vergüenza, que si náuseas, que si nuestra sensibilidad democrática, que si…, (rellenen, rellenen con cualquier grandilocuencia que se les pueda ocurrir, acertarán). Frases repetidas dos días atrás por un grupo de sesudos analistas en torno a un micrófono, con el inefable Pedrojota a la cabeza, intentando comprender cómo era posible que ETA hubiese incrementado exponencialmente el número de acciones (acciones, decían) a partir de la Transición (la Gloriosa del siglo XX) en lugar de caer de rodillas ante tamaño hecho histórico y abjurar de todos toditos sus pecados (pecaditos, que diría Flanders). Más vergüenza, más náusea, más sensibilidad violada, más lo que quieran.

Y sí, claro está que sí.  Yo también sé vomitar (¡qué mal se pasa!), aunque tiendo a hacerlo para adentro (no quieran ustedes asomarse), y lo hago con cierta frecuencia. Pero desde hace mucho tiempo. Y una de las primeras veces fue una mañana (sólo había esa) del 20 de noviembre de 1975 cuando bajando por las escaleras de la residencia de estudiantes de la calle Juan Vigón de Madrid (supongo que ambas siguen existiendo) me encontré con el espectáculo siguiente: a mi izquierda (cosa curiosa) estaban los mandos de la residencia (era de hijos de militares, y los mandos también, claro) en un corro con cara seria y gesto circunspecto comentando (me supongo) las circunstancias de la noche pasada, y a mi derecha (cosa curiosa también) una algarabía de residentes, desde los más veteranos (21 años) hasta los más tiernos (yo, 17 años recién cumplidos), celebrando…, una muerte. Y yo no pude, y les aseguro que en aquel entonces yo era menos franquista que ahora…, toda ideología se reducía al hecho de que siempre había estado allí y parecía que siembre iba a estar, nada más. Pero no pude…, sólo mirar a un lado y al otro con estupor…, pasar por el medio (literal) y marcharme…

No recuerdo más de aquel día (sí de los siguientes, y mucho). No recuerdo más pero sí sé que no lo celebré.

Ellos sí. Yo no. Ellos están en la radio y yo en blog gratuito, ellos dan lecciones y yo apenas las recuerdo, ellos mandan y yo obedezco, ellos han triunfado y yo…, yo soy su fracaso, porque ellos sí.

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