Estoy en guerra, en plena lucha con la informática, ciencia que no sólo no domino más allá de distinguir una pantalla de un teclado, sino que no entiendo en absoluto. Particularmente no entiendo por qué motivo se me acaba de ir al garete todo lo que llevaba escrito, pantallazo y todo en blanco. Estoy en guerra y formo parte de uno de los bandos, el de los torpes.
Y se me ocurre que siempre es así, siempre hay dos bandos: demócratas y republicanos, merengues y culés, de Zapatero y (claro está) de Rajoy, ateos y religiosos, chinos y japoneses (ahora más de estos últimos), de la Campanario y de la Esteban, del fútbol y del baloncesto, romanos y bárbaros, Robert de Niro o Jeremy Irons, Almodóvar o Santiago Segura (aquí yo), pro o anti-nuclear, toros o toreros..., todo acaba reducido a posicionarse: A o B.
Y yo lo hago como el que más, con todo. Y desde el principio -debe de ir para 30 años- yo fui más de Camila que de Diana. Frente a la madurez y rotunda presencia de la primera siempre encontré a la de Spencer más parecida a una cría -enamorada sí, pero sobrepasada por la situación-, que a la supuesta consorte del supuesto (muy supuesto) heredero del trono británico.
Y Camila aguantó, se sacrificó porque creía que debía hacerlo, se mantuvo en segundo plano ante risas, desprecios e insultos del pueblo llano (al menos del pueblo llano de aquí). Y esperó.
Y esperó y ganó. Y me gusta verla al lado del príncipe Carlos y a él al lado de ella, Duquesa de Cornualles, que no princesa, porque la venganza real no da para más.
No sé si siempre supo que al final ganaría, pero lo parece.
Y, para mí, lo merece.
Lo siento Diana, yo siempre he sido de Camila.
Qué le vamos a hacer ...

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