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viernes, 20 de mayo de 2011

TAL COMO ÉRAMOS

No puedo presumir de ser buena gente, no especialmente. No es que sea un mal tipo -que no lo soy- pero tengo la lucidez suficiente para reconocer en mi interior alguna cosa poco recomendable, algo no completamente claro, algun punto oscuro, "... un solo punto negro en el alma que oculta todas las demás virtudes ...", que decía (más o menos) Hamlet (creo) en uno de los inmortales pasajes de la obra de Shakespeare.
Así que no me llamo a engaño cuando la ocasión se presenta. Sé que, muy probablemente, tendré una reacción interior perversa si la situación en la que me vea envuelto me lo permite. Estoy acostumbrado, me ha pasado demasiadas veces como para pensar que sean casualidades de la vida o que me haya pillado en mal momento, o con un mal gesto. No, es que yo soy así, y no hay más que hablar.

Por eso me ha sorprendido mi propia reacción ante el pequeño y miserable triunfo del que he tenido ocasión hoy de disfrutar: Movistar (las voces que representan a Movistar al otro lado del teléfono) me ha llamado, no una, sino cuatro veces para interesarse por mi situación y, en último término, pedirme disculpas. (Bien es verdad que después de haber solicitado la portabilidad de los cuatro números de los que soy titular a otro operador).

Y me he sorprendido porque esperaba -de hecho había fantaseado con esta situación-, esperaba, digo, un momento de gloria, de fría venganza servida en bandeja de porcelana, un desbordamiento de orgullo herido por tanta indiferencia y tanto desinterés hacia quien, considero, es un cliente de trato preferencial. Un pensamiento, pues, rápido y triunfante: "¡Ah!, ¿después de tanto tiempo? ¿ahora sí?".

Pero no, nada de eso. Tras cierto estupor inicial (y una traviesa sonrisa, lo reconozco) no me ha quedado nada más que ... pena. Sí, pena, porque ... ¿eso es lo que valemos?
¿sólo unas llamadas estandarizadas con el único objetivo de intentar recuperarnos? ¿Sólo unas décimas de porcentaje? ¿un céntimo más o menos?

Porque ellos son los grandes, los amigos del poder, sus protegidos, sus amiguetes del alma, los que pueden. Y nosotros no.

Entonces ... ¿eso valemos? ¿eso valemos para ellos? No, no, no, siempre he tenido una idea clara de lo que soy y de lo que valgo, y de lo que son y de lo que valen los que me rodean. Somos más y mejores que ellos, ... creo.

¿... o es verdad que valemos sólo eso...?

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