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viernes, 20 de mayo de 2011

LA INVASIÓN DE LOS UTRACUERPOS

Primero fue Don Siegel en 1956 (ni siquiera yo había nacido)…, después el siempre inquietante Donald Sutherland en 1978 (aquí mucho más talludito)…, por fin, en 2007, con el título abreviado (sólo La Invasión) y Nicole Kidman y James Bond en el reparto. Tres veces y las tres con algo que recordar. De la primera la idea original y esa especies de judías verdes gigantes que lo desencadenaban todo. De la segunda…, el final, con el protagonista señalando a la chica (y a todos nosotros) y aullando, con odio y con angustia. Y de la tercera…, de la tercera esas escenas en las que los personajes van por la calle intentando no manifestar emociones para no ser reconocidos… como seres humanos.

Y, olvidando las  verduras alienígenas y los gritos más o menos forzados, ¿quién no se ha sentido en estos tiempos que corren como un solitario héroe intentando pasar desapercibido entre una marea de ultracuerpos? Porque, como las meigas gallegas, haberlos los hay. Como en el cine, parecen normales; si no te fijas puedes acabar creyendo que son tus vecinos de toda la vida. Se sientan en los bancos de nuestras plazas y nuestros parques, se rodean de una prole de ultracuerpitos que (angelitos) intentan robar nuestros juegos y juguetes, con sus sonrisas de ultracuerpitos, mientras sus aparentemente ultracuerpos-madres apenas se dignan en darles algún que otro grito y algún que otro cachete.

 Parecen normales en todo pero…, pero si te fijas un poco, si te sientas a una distancia prudencial y (¡qué vergüenza!) los espías detrás de un periódico descubrirás que no te ven, que no les importas, que si un trozo de cielo cayese en ese mismo instante sobre tu cabeza no pestañearían, seguirían allí, ultracuerpos gordos y rebosantes, ultracuerpos cubiertos de tela de la cabeza a los pies, ultracuerpos parlantes, charloteantes, hablando el idioma de los ultracuerpos para que nadie ajenos a ellos puedan entender lo que dicen. Y a lo sumo levantan un momento la mirada, reparan (o lo parece) en que estás ahí, se miran y se ríen sin que tú sepas ni de qué ni por qué.

Son los ultracuerpos, son cada vez más y están en todas partes. La crisis económica ha hecho mella en ellos pero siguen ahí, sentados en sus bancos, con sus camadas de ultracuerpos pululando entre nosotros, amenazantes…

O quizá no, quizá no nos amenazan y es sólo que nosotros nos sentimos así… Pero la consecuencia es la misma: los miramos con temor y desconfianza, hacemos como que no reparamos en ellos, procuramos no manifestar ninguna emoción que nos delate…, porque, con razón o sin ella, para bien o para mal, nos sentimos invadidos. Y si así es como nos sentimos así es como estamos.

Invadidos.

Por los ultracuerpos.

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