Ya les dije un día, no hace mucho, que soy muy presumido. Qué le vamos a hacer, es mi pecado. Hago esta declaración con más frecuencia de lo que parecería prudente pero es mi truco para controlarlo, para evitar que esta presunción derive hacia la soberbia, para mí el pecado capital por excelencia, el auténtico pecado original. ¿Qué fue sino la soberbia lo que llevó a Adán a querer parecerse a Dios robando el fruto del árbol del Bien y del Mal? Así pues, admitirlo públicamente es mi terapia particular…, y es que resulta asombrosamente fácil caer en el desprecio por todo aquello que no consideramos a nuestro nivel, por todos aquellos que…, por todos vosotros…
Pero volvamos a mi terapia: soy presumido, y eso es un problema porque, ¿qué pasa cuando los hechos no concuerdan?, ¿dónde encaja tanta admiración por uno mismo si la realidad se empeña en llevarte la contraria? Y en eso estoy, porque después de tres meses de subir diariamente a los altares de la opinión cibernética ha llegado el momento que más temía, el día en que no se me ocurre nada no ya que escribir, nada que decir. Horror sobre horror, ¿seguirá girando el mundo tras de mí?, espanto sobre espanto, ¿volverá todo a tener algún sentido?, miedo al miedo, ¿la pantalla en blanco, será el futuro? Encogido en la silla, las manos agarrotadas sobre el teclado, en la ventana sólo hay oscuridad, salvo por la Luna que empieza asomar, la Luna, the Moon en inglés, The Paper Moon de Tatum O’Neal y su padre, la Moonraker del James Bond de Roger Moore, el Moonwalker de Michael Jackson. Michael Jackson, que hace o va a hacer dos años que…
Michael Jackson, que él ganó y los demás perdimos, que nunca sabremos a dónde quería llegar. Michael Jackson que si en Thriller cimentó una fama que ya sería eterna y en Dangerous alcanzó su cúspide musical, en Moonwalker bailó (Bailó), y bailaron con él hasta los muebles de aquel bar, como nunca pensé yo que se podía bailar, bailó que hasta el gato parecía bailar sobre el teclado del piano, bailó que el paso de Locomotoro le llegaba hasta el suelo, y bailó, sobre todo, que el resto de los bailarines no necesitaban disimular, no tenían que frenarse para no dejarle en evidencia, porque él era, al menos, tan bueno como ellos, pero más gande (que diría mi sobrinito). Bailó solo y en compañía, con hombres, con mujeres y con niños, con quienes tuvo una extraña pero no pecaminosa relación.
Michael Jackson, que va a hacer dos años que se nos fue con Freddy, el más grande parsi tanzano que han visto los siglos, el penúltimo que hizo asomar unas lágrimas en mis ojos cuando escuché su muerte. Michael y Freddy, tan grandes que puedo, al menos por un momento, sentirme pequeño y humilde.
Es mi terapia…
Annie, are you OK?

No hay comentarios:
Publicar un comentario