Primer acto. Hace unos días tuve la feliz ocurrencia de proponer una suerte de insumisión política, una rebelión del censo electoral, un puñetazo en la mesa de toda la masa social. Propuse una abstención general de todos nosotros frente a ellos, la casta dirigente que venimos sufriendo los españoles (y los que no lo son) desde hace ya treinta años. Casta compuesta de colores varios, de tendencias diversas, de éticas distintas entre sí, pero con una característica común a casi todos, de ser gente de poco fiar, con convicciones poco profundas salvo las de lo que en lo de posible beneficio personal les pueda afectar…, mala gente, en resumen. Hice mi proposición con sincero y auténtico convencimiento de que, de tener éxito, sumaría más que restaría, impulsaría más que frenaría, despertaría más que adormecería. La hice con todo esto…, y con escaso éxito, salvo la de algún apoyo que, por previo, resultaba obvio.
Segundo acto. Primera escena: me desayuno con un periódico de tirada nacional con una portada dividida fifti-fifti (todo muy correcto política y periodísticamente) con las tropelías del clan andalusí de los Chaves y la bajada de pantalones (figúrate lo que le importará a él) del candidato Rajoy ante la cuadrilla de presuntos chorizos valencianos. Casi vomito de todos (todos) los colores. Segunda escena: más tarde, a la hora del vermout, coincido en una esquina (ellos estaban allí y yo también, no hay más) con un stand preelectoral de UPyD, grupo que siempre me ha caído bien por dos o tres razones personales que no vienen al caso, razones que apenas me han dado para un voto en unas elecciones menores que ya no recuerdo. Pero hablo con ellos y, frase va frase viene, se me da por pensar: “¿Y si cambio de opinión?, ¿y si, a pesar de todo es posible confiar?”. Y me quedo con la duda.
Tercer acto. Por la tarde, tras varias escenas más, intranscendentes para la trama general de la obra, con un nuevo decorado, con gente cercana a mí física y sentimentalmente, gente inteligente, con ojos en la cara y con agudeza suficiente para –pienso yo- comprenderme y apoyarme, para decirme: “Coño, 5denoviembre, si tienes razón”, me encuentro con…, nada, nada en absoluto. No, no se crean, ninguna conversación, ninguna referencia a todo esto, no. Sólo una íntima sensación de que sí, de hablarlo me podrían dar la razón, pero que no, que daría igual, que habría mil motivos para seguir con lo mismo. Que por rabia, por desesperación o, quizás, por cobardía nadie dará un paso de más… (es mejor, quizás, poder seguir asignando culpas).
Epílogo. Si las personas a las que considero más capaces, más capacitadas intelectualmente, con más visión panorámica, si esas personas semejan seres abducidos por tantos años de “esto es lo que hay”, entonces estamos ante una verdadera tragedia nacional. Y no quiero participar en ella. Ahora sé que no.

No hay comentarios:
Publicar un comentario