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martes, 24 de mayo de 2011

PESCADILLA DE RACIÓN

No me gusta el pescado, lo dije una vez y lo vuelvo a repetir. Mi padre era pescador, pero no de río (en San Sebastián el río apenas daba para pescar alguna cagarruta), mi padre era pescador de costa, de esos que se ponían en las rocas del rompeolas, plantaba su caña como podía..., y ahí se echaba la tarde. En aquellos años infantiles no podía comprender qué diversión encontraba en pasarse las horas muertas mirando a una caña que, me parecía a mí, no se movía nunca. Ahora sí, pero ya es demasiado tarde. Mi padre murió sin poder llevarse esa pequeña alegría de que alguno de sus hijos (éramos 6) entendiese qué hacía allí, tarde tras tarde, esperando que el sol se rindiera de sueño y dejase su sitio a la noche. Para colmo, y para mi asombro (yo nunca le vi sacar un pez del agua), mi padre debía de ser buen pescador porque todos mis hermanos y yo temblábamos al unísono cuando oíamos la puerta de casa al volver él de una de sus tardes pescadoras: era seguro que algo traía y era seguro que esa noche o al día siguiente habría pescado en la mesa..., y unos pescados horribles, fangosos, gelatinosos y, cómo no, llenos de espinas... Así que a mí no me gusta el pescado. Con alguna gloriosa excepción, como esa pescadilla que alguien dio en llamar de ración y que se presentaba redonda en el plato redondo, mordiéndose la cola como agarrándose a una última esperanza de sobrevivir a la sartén.

Y como pescadilla de ración se me aparecen los desafíos que hoy se han lanzado mutuamente Zapatero y Rajoy: que pidas una cuestión de confianza..., presenta una moción de censura tú si te atreves... Vueltas sobre lo mismo, porque ninguno de los dos puede hacer nada de eso... Si Zapatero presenta una cuestión de confianza sabe que no puede ganarla porque los partidos minoritarios no quemarían sus naves en apoyo de alguien que ya ha demostrado a todos y a sí mismo que no puede..., y si Rajoy presenta una moción de censura sabe también que no puede ganarla porque los mismos que no darán su apoyo a una brasa que se apaga lo negarán a una llama que, o bien arrasa con todo y todos, o, peor aún, sale adelante y acaba con ellos. La vida de las minorías (como la de los clubes de fútbol pequeños o de pequeñas ambiciones) es muy cómoda. Apenas hay que hacer... nada. Levantar la mano de vez en cuando para que te vean, que recuerden que existes, y ya está.

Como veréis tengo muchos y variados motivos para que no me guste el pescado, ni siquiera la pescadilla de ración. 

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