Miércoles 20 de abril de 2.011. Miércoles Santo y Final de la Copa del Rey (del rey de los pitos, al tiempo). El dilema.
¿Debo acudir a mi cita anual con la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Huesca, de la cual soy miembro, cotizante y costalero (al estilo de los sevillanos pero sin tanta alharaca) o, por el contrario, debo ceder a mis impulsos más primitivos y acudir a cualquier establecimiento expendedor de bebidas alcohólicas (vulgo bar) a dar rienda suelta a mis nervios, que no son pocos, en una explosión descontrolada de estado de ánimo?
¿Debo arriesgarme a sufrir un corte de digestión en la cena previa de los primeros (ensalada y bacalao, ¡Dios mío!, ¿dónde me he metido?) sin poder seguir a los segundos más allá del rumor escandaloso de las personas libres de carga de toda responsabilidad que se apelotonarán (seguro) delante de un televisor estratégicamente situado para que lo puedas oír pero no ver (… cómo odio la radio…)?
¿Debo, al fin, abjurar de tantos años de madridismo contenido (en esto mi familia no está de acuerdo) y educado, de tantos años de sufrir en silencio con las derrotas y de alegrarme educadamente con las victorias (en esto tampoco), o debo apostatar de una antigua fe de 52 años, mantenida con hilos, lo reconozco, cada vez más traslúcidos, más inanes?
En fin, creo que sopesando las consecuencias, el premio o el castigo, de una decisión u otra optaré por acudir a ese acto anual, tan duro para alguien tan asocial como yo, como es una cena de cofradía, y a la posterior procesión. Al fin y al cabo el infierno bíblico todavía sigue vigente (creo) aunque lejano, y el de Valencia se me aparece como demasiado próximo, y probable.
Pero mi corazón estará con vosotros.
Y mis nervios también.

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