“… Estaba trabajando… (…)… mi casa de Marraquech… (…) … escuché una explosión… (…) … pensé … (…) … envié a alguien… (…) … volvió a la media hora… (…) … bombonas de gas… (…) … fui al lugar del suceso… (…) … (200 metros , callejear, medina)… (…) … al cabo de media hora fui a la plaza…”
Este es un extracto del relato de los hechos que hace Juan Goytisolo del atentado ocurrido en Marraquech ayer jueves. No lo transcribo entero porque no me parece ni interesante ni auténtico, suena a falso, hay algo que no encaja. Principalmente el hecho de que hay dos lapsos de media hora que, unidos a las dudas iniciales, a las explicaciones intermedias y al tiempo que pueda emplear un hombre de 80 años en calzarse las babuchas convierten el episodio en una aventura de –calculo- dos horas. Sin embargo parece darse a entender una reacción casi inmediata, una actividad frenética destinada a, primero, enterarse de todo y, después, arreglar (al menos periodísticamente) el entuerto.
No sé tanto de Goytisolo, no crean. Tan apenas unas cuantas referencias familiares (no muy favorables) y ninguna literaria. Desconozco aunque no niego sus méritos. Pero parece representar a la perfección el papel de europeo abducido y maravillado por la cultura árabe (y sospecho que por algún morito mozuelo también) y por sus grandes logros a través de los siglos, siempre en eterna lucha contra el fundamentalismo occidental y, por supuesto, católico. Y hay muchos de estos, se lo aseguro. Disfrazados de artistas, intelectuales o políticos de altas miras pero, casi siempre, encubriendo con sus comentarios algún oculto rencor hacia nosotros, los simples normales, los patéticos peninsulares del Al-Ándalus ocupado y reprimido. Ocupado y reprimido por arriba y por abajo, por la izquierda y por la derecha, de manera que en el centro de tanta violencia represora apenas quedamos unos cuantos expañolitos que, o pedimos perdón o pedimos disculpas, pero poco más.
Así que, en un breve momento de lucidez, me rebelo, fijo mi atención en este arábigo-catalán de dudosas tendencias y, resumiendo en él toda la frustración que me embarga por lo ya definitivamente perdido, digo en voz bien alta: ¡Goytisolo, si tanto te gusta, vete, con todas tus señas de identidad, en todos los idiomas que sepas, con tu ombligo y con tu…, ¡vete!, pero tú solo!, yo me quedo.
Y aquí estamos…

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