Esta vez ha sido aquí, en casa, en la calle de al lado como quien dice, entre el parque y la catedral…, aquí al lado, en casa, o casi… Terremotos.
Y han llegado a pares, dos terremotos, dos, de 4,5 y de 5,1 en lo de Ritcher. En Murcia, en Lorca, aquí al lado, en casa…
Y claro que te impresiona, cómo no iba a ser así. Un terremoto es, seguramente, el mayor recordatorio que podemos tener de nuestra propia fragilidad, es algo completamente ajeno a nuestra naturaleza, es algo frío, despiadado y desanimado (sin alma), pero imparable, inabordable y desgarrador. Rompe con todo, rompe nuestras casas y rompe nuestro espíritu.
De las casas se pueden consultar amplia documentación gráfica en Internet, cascotes y escombros por todas partes, polvo y suciedad, destrucción que pareciera un tanto exagerada para apenas un aprobado de terremoto, más para lo que estamos acostumbrados a ver en nuestras antípodas.
De los espíritus…, pues eso, gente desesperada, carreras y llantos descontrolados, miedo y espanto, desorden y anarquía, abrazos, besos y consuelos… Un país de rodillas.
Y comparas, claro. Lo del Japón. Orden y sosiego, edificios enhiestos, tranquilidad, sosiego y tristeza pero-dentro-de-un-orden. Salvo el tsunami, un país en pie. ¿Cómo no admirarles?
Y yo les admiro, y querría parecerme a ellos y tener la certeza de que ante un problema no voy a formar parte de él, que voy a ser parte de la solución. Sin gritos, sin exageración, con valor y coraje, con heroísmo si es necesario… Para ayudar.
Pero la simple imagen de uno de aquí, uno de los nuestros, llorando abrazado a un familiar por lo perdido me retrotrae a lo que soy y al lugar donde pertenezco, como en esas escenas de película en la que, al borde de la muerte, cuando ya casi has llegado a la luz del otro lado del túnel, algo, algo de aquí te hace comprender que aún no, que tienes que volver, que tu sitio es éste. Y vuelves…
Y, de repente, se ha abierto el abismo que ya estaba allí, separándonos inevitablemente, como si de un túnel de Sábato se tratase. Y vuelvo a casa, con los míos, esta vez los de Lorca.
Salvo el tsunami…

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