Será porque para mí es un domingo más, será porque mis ideas van por una orilla distinta a la del sindicalismo al uso, será porque no me molesta el trabajo, será por lo que sea pero aquí me tienen, uno de mayo, la fiesta del trabajo y yo…, en el tajo.
Y eso que la semana (MI semana) ha estado trufada de algunas Historias para no dormir (¿qué tal, Chicho?), empezando por mis neuras personales (a las que tanto quiero y tanto debo) y siguiendo por los Papitos diversos que no sé si tienen muy claro que los hijos no se tienen sino que se crían, y por ciertos episodios futbolísticos que prefiero no recordar en estas aciagas horas del post-partido de ayer, pasando por declaraciones asombrosas (cuando menos asombrosas) de nuestro querido prócer, hijo de uno de los fundadores del sindicato de pilotos (¿les suena?), Pérez (Rubalcaba, no acabo de entender lo de los políticos con nombre artístico) y por Goytisolos varios, amén de la desaparición de Ernesto Sábato, de cuyo túnel hablaré otro día y con un sentimiento más adecuado. En fin, ¡Vaya semanita!, que dirían mis admirados cómicos de la tele vasca.
Pero ni hay mal que cien años dure ni blog que lo soporte, así que hoy he decidido estar contento, o parecerlo, que no es poco. Y en estas estaba cuando ha venido en mi auxilio David Gistau desde la página 22 de un periódico citando (¡por fin!) a la, desde mi modesta opinión, película entre películas, a “Sin Perdón”, al hilo de la boda real de ayer en Londres: … si usted quisiera matar a un rey, enfrentado ante la magnificencia de la realeza le temblaría la mano y sería incapaz de apretar el gatillo, pero… ¿a un presidente?... ¡cualquiera puede matar a un presidente! (Bob el Inglés, el Duque –el pato- de la muerte)… Ya sólo por esto merecía la pena levantarse hoy.
Pero es que esto no ha sido todo, no señor. Porque hará escasa media hora que, para cumplir con el día del Señor de hoy, se han acercado a la plaza en donde vivo unas hordas salvajes compuestas por al menos 50 sindicalistas de la CNT (¡existen!) que, entre discursos, han abominado del sistema de representatividad sindical de nuestros días (…siento que la sangre se me altera de nuevo…) y, tras otras frases de rigor, ahí me tenían ustedes, aplaudiéndoles desde mi terraza, fervoroso, sincero y convencido. Recordando enseñanzas de antaño acerca del denostado sindicato vertical… Y, cuando intentaba recuperarme de tanto estupor, se han ido, los cincuenta sindicalistas acompañados de una banda compuesta por un tambor y una chuflaina que entonaban desde el pasado las notas de… ¡Pippi Calzaslargas! Lo juro. Mientras, en los soportales sobre los que vivo, un chino que regenta un bar y que responde al nombre de Carlos (como podría responder a cualquier otra cosa) atendía las mesas llenas (digo llenas) de su terraza, ajeno a todo este barambán ideológico que a él, seguramente, le caerá tan lejano como su pueblo natal de la China profunda.
Y entre unas cosas y otras no he podido por menos que acordarme de Luis García Berlanga que, estoy seguro, desde el cielo debe de estar escribiendo guiones para nosotros… y para ellos. Berlanga que estás en los cielos…
Hoy ha sido una mañana como para reconciliarse con el mundo.
(Veremos cómo se presenta la tarde. Si acaso ya les cuento).

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