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viernes, 20 de mayo de 2011

¿CÓMO CALLARME?

¿Cómo callarme?, es simple, no puedo hacerlo…, y no lo hago. Me aburren (ya lo saben) las cuestiones políticas, los debates parlamentarios me producen tedio por definición, las reyertas entre éste o aquél prócer devorador de dietas públicas consiguen que un rubor entre indignado y vergonzoso me inunde el rostro entero. Desprecio profundamente la falsedad, la mendacidad (¡ah, mi querida gata!) y el latrocinio que la actividad política lleva consigo. No me gusta ni hablar de ellos…, pero hoy no puedo callarme.

Otra vez el paro, otra vez las cifras que suben sin que yo (pobre de mí, no soy un experto al uso) sea capaz de vislumbrar el fin de ése que parece imparable quinto jinete del Apocalipsis. Cuatro millones novecientos diez mil, no sé cuántos de ellos sin subsidio, no sé cuántos de ellos con familias, paradas también, no se cuántos dramas diarios, pero demasiados en cualquier caso.

  • No soy funcionario, aunque esto empiece a ser exigua ventaja en estos tiempos, y, por lo tanto, mi vida pende de un delgado hilo día tras día, como la de tantos. Lo sé y no vivo ajeno a esa preocupación.

Por eso me parece absolutamente indignante, el colmo de la caradura, la desvergüenza definitiva ver, ayer, en el Congreso, en rueda de prensa posterior a no se sabe qué, ver y oír al superministro Rubalcaba volver a anunciar -¡una vez más!- que esto se ha acabado, que tranquilos, que hemos tocado fondo, que a partir de estos datos todo irá a mejor, que el paro irá disminuyendo “y un poco más, y un poco más, y un poco más…”.

Ellos no me importan y sé que yo (y vosotros) a ellos tampoco. Pero algo muy gordo debe de estar pasando o a punto de pasar cuando ya no se molestan ni en disimular…

No, no me importan, pero… ¿cómo callarme?

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