¿Qué es el eco? Más allá de descripciones científicas del fenómeno (no crean que las entiendo del todo) basadas en ondas acústicas que se apoyan en el aire mientras se dirigen ciegamente hacia cualquier objeto que las haga rebotar y…, eso, el eco…, más allá de tecnicismos universalmente aceptados…, más allá, entendemos el eco como el olvido final de un sonido que se resiste a morir, o algo así.
Pero recuerdo mi infancia y sus ecos, los ecos de mi infancia y de la vuestra, las grandes palabras que viajaban desde las bocas de los mayores hacia nuestros oídos, a través de intrincados caminos, cruzando selvas de juegos, minutos y horas llenas de fantasías (toda la infancia lo es), llegando a nosotros distorsionadas, con el volumen y el tono cambiados, mudadas de contenido…, pero claras e intensas. Y se graban a fuego en nuestra memoria. Son los ecos, y cada uno tenemos los nuestros, algunos íntimos y particulares, otros compartidos en el inconsciente colectivo. Ecos.
Uno de mis primeros Ecos fue “Zhivago”. “Qué bonita”, recuerdo oír decir a mi madre tras una de las escasas ocasiones en las que fue al cine, con mi padre, claro. Hubo muchos más tras éste, casi todos olvidados, o relegados a ese “Trastero de atrás” (ni siquiera es cuarto) en que se acaba convirtiendo gran parte de nuestra memoria.
Pero ninguno como “Gary Cooper”. Decir “Gary Cooper”, escuchar “Gary Cooper”, era el eco perfecto. Yo no sabía si era un personaje real o no pero sabía que “Gary Cooper” era algo muy importante, algo que tenía un significado especial que a mí se me escapaba, pero que yo sabía que ahí estaba.
Y se cumplen hoy 50 años de su muerte, tenía 60 años cuando el cáncer se lo llevó. Y el eco me ha llegado otra vez.
Sesenta…, yo ni estoy ni me siento muy lejos de esa cifra. No pasa nada, pero, a veces, empiezo a sentirme como un eco.

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