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martes, 7 de junio de 2011

SALTO AL VACÍO

No leo periódicos, no al uso. Tan apenas me fijo en unos cuantos titulares y, de vez en cuando, en la columna de algún opinador de los que me caen en gracia (unos pocos). Pero la letra pequeña me cansa en general. Será porque no comparto casi nada de lo que piensa la mayoría, será porque sobran la mitad de las palabras o será (casi seguro) porque ya hace algún tiempo que sin gafas no veo nada y la presbicia y mi sentido de la estética y la comodidad no encajan bien.

Por eso tiene más mérito que hoy haya ido a fijarme en esa letra pequeña de un tal Stéphane Hessel (un francés viejo viejísimo desconocido para mí) cuando dice, entre otras tonterías: “… jamás las acciones violentas…, revolucionarias…, podrán hacer progresar a la historia…”. ¿Ah, no? Vaya por Dios, y yo que me hacía cuentas de que todos los saltos que la Humanidad ha dado a lo largo de los siglos se han apoyado, de un modo u otro, en una espada. Desde los sumerios y más allá hasta los romanos (y más acá), desde los godos a los árabes, de los españoles a los ingleses…, desde los franceses que revolucionaron absolutamente todo…, americanos, rusos, chinos… ¿Quién sabe de un solo paso hacia delante que se haya dado pidiendo disculpas al vecino? Yo no. Yo sólo sé de pasos dolorosamente violentos, como ya decía el doctor Malcolm, experto en la Teoría del Caos de Jurassic Park.

Claro que en ocasiones estos pasos son no sólo violentos y dolorosos sino auténticos saltos al vacío. Pero esto se da únicamente cuando surge el individuo por encima de la masa. Aníbal dio un salto al vacío al atravesar los Alpes con la esperanza de pillar a los romanos por la retaguardia. Pudo salirle bien, pero le salió mal. Julio César dio un salto al vacío tan monumental que se saltó la República y puso las bases del Imperio. Pudo salirle mal, pero nos salió bien. Mahoma dio un salto al vacío hasta la siguiente duna y le salió…, rana, más o menos. Felipe II intentó saltarse el Canal de la Mancha y casi se ahoga. ¿Y si su salto al vacío hubiese salido bien? Enrique VIII dio un salto al vacío de la mano de su verdugo de guardia y el Imperio Británico aún está agradeciéndoselo (supongo). Napoleón dio una serie de saltos al vacío por toda Europa que le llevaron hasta la isla de Santa Elena, pero entre salto y salto algo se le fue desparramando por todas las tierras que pisó, algo que aún recordamos hoy en día. Los alemanes, más torpes y cuadriculados ellos, pero más perseverantes dieron tres saltos al vacío en el pasado siglo, dos fueron guerras (la del Káiser y la del Führer), pero a la tercera fue la vencida, aunque le pese a algún pepino. Hay lugares en los que tras el salto al vacío propiciado por su líder aún siguen cayendo pero no lo saben, como en Corea, la del norte, pero eso es otra historia.

Y así todo. Lo que no ha sido un proceso doloroso y violento pero vivo y animado, ha sido una iniciativa más o menos personal con un mayor o menor éxito o fracaso. Pero, en todo caso, las consecuencias, buenas o malas, nos han afectado a todos…

Claro que para salto al vacío, absurdo, loco e inconsciente, el de mi cuñado ayer en Zaragoza. Obviando mil objeciones, entre las que su edad y nivel de torpeza no son las menores, dio en intentar una pirueta magistral en su acceso (fallido) a un vagón del nuevo tranvía que recorre de norte a sur y de sur a norte la capital de los aragoneses de primera (los de Huesca son de segunda y los de Teruel, existan o no, de tercera). El caso es que tras un épico vuelo provocado por un previo tropezón en una vía férrea que, cual Holandés Errante, pasaba por allí sin saber muy bien por qué, terminó por desparramarse por el suelo, él junto con todos sus huesos, poniendo por delante no la cara, que hubiese sido lo más cristiano, sino el esternón, que me parece a mí cosa mucho más tonta e inútil hasta para intentar rompérselo.

Pero el caso es que voló, con gracia y donosura, y cayó, con estrépito y escándalo de pasajeros y viandantes. Y en el suelo quedó, roto y magullado en su cuerpo y en su espíritu, que ya no estamos para ciertas cosas, Pepe.

2 comentarios:

  1. Para imponer cualquier cosa hacen falta: o la fuerza, o la compasión. La fuerza de la razón no sirve sin uno de estos componentes.

    Mi solidaridad con el Holandés Volador.

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  2. Por favor, Tamao, cuéntanos cómo consigues que tus comentarios sí aparezcan, porque yo estoy intentándolo desde el lunes, en "Mi plantilla", y no hay manera de que salga el principal... aunque sí salió el segundo, que no tiene sentido sin el primero, claro.
    Gracias

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