Los últimos dos días no he leído ningún periódico más allá de algún insulso y poco inspirador titular. Ni siquiera periódicos deportivos, acabada la liga de fútbol el interés decae notablemente, ni las aventuras del Kun me motivan lo suficiente, Nadal no parece estar para muchos trotes ni yo para sufrimientos innecesarios, y el ciclismo sin Armstrong ya no es lo mismo. Pero no es la falta de sustancia de estos días lo que me ha apartado de sus páginas sino las dos tardes toledanas que, desgraciadamente, me ha tocado pasar en el servicio de urgencias del Hospital Miguel Servet de Zaragoza. Los motivos son lo de menos, ahí están, remitiendo, espero…
Estoy seguro que a todos les habrá tocado lo mismo en alguna ocasión… Entras con un familiar en apuros, te diriges a un mostrador de admisión y… ahí acaba todo parecido con lo que la gente en general (y yo el primero) cree que debe ser el funcionamiento de un servicio público de la dimensión e importancia de la sanidad pública. El Hospital Princenton-Plainsboro se queda en la calle, House y su equipo de encantadores y eficientísimos médicos son puro atrezzo, los medios (la pela) brillan por su ausencia (conseguir que te hagan una ecografía requiere grandes dosis de paciencia y dolor previo)… Únicamente el culo de Cuddy –la directora- puede ser que se nos aparezca… sin nos fijamos mucho.
Entras a una hora, a una cualquiera, haciendo cuentas de que menos de cinco de espera no te las quita nadie…, y eso en el mejor de los casos. El paciente tiene silla de ruedas (desvencijada, las más de las veces) pero el acompañante (sólo uno por paciente, pero multiplicado por diez) no tiene ni un trozo de pared en el que apoyarse, matarías por una silla (yo, de hecho, intenté robar una de un Box). La megafonía no para de llamar… a los demás, nunca suena tu nombre. Los nervios hacen mella en tu paciencia y en la de los demás, lo cual es una suerte porque proporciona curiosas escenas que te ayudan a pasar el rato… Claro, siempre está el experimentado que no se cansa de anunciarte esperas aún más largas e incomodidades que tú nunca habrías podido imaginar.
Todo esto genera una justa indignación que te lleva a imaginar terribles venganzas contra todo el sistema (sanitario o no) y contra sus agentes particulares: enfermeros, médicos, los de seguridad, señores de la limpieza… Todos están implicados en una complicadísima conspiración (todas lo son) cuyo único objetivo es hacerte pasar el peor, con diferencia, rato de tu vida. Bueno, pues imagínense todo esto cuando, aparte de la preocupación que te genera el motivo que te ha llevado a semejante lugar, además de todo, eres una persona nerviosa e impaciente cuyo mayor lema es la puntualidad. Imagínenselo y piensen si no tengo razón al hablar de tardes toledanas…, o de toda Castilla La Mancha.
Pero…, amigos, inevitablemente llega el esplendoroso momento de la salida…, con tus informes, tus pruebas clínicas, tus recetas…, tu vida recobrada en un momento… Y todo se desvanece, las horas de tormento se desdibujan, miras a tu alrededor y sólo ves sonrisas amables en todo el personal del servicio, todo parece más limpio y más bonito. Incluso el resto de pacientes parecen comparsas de una divertida comedia en la que has estado viviendo y, ¿por qué no decirlo?, disfrutando durante unas hermosas y llenas de vivencias horas de tu vida… Te vas, y te vas agradecido.
Y, claro, defenderás a todo y a todos por encima de cualquier crítica. Estás de su parte. Por arte de birli-birloque te has transmutado en sueco. Ya no estás en Zaragoza. Has salido a las calles de Estocolmo.
Es el síndrome, ya os hablé de él. A todos nos pilla.

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