Yo creo en los vampiros, ¿qué pasa? Me refiero, naturalmente a los chupasangre transilvánicos, no a esos bichos asquerosos que se han quedado a medio camino entre las ratas y los mochuelos. No a los que se alimentan de la sangre de vacas desprevenidas en los campos nocturnos sino a los de verdad, los que muerden el cuello a seres humanos, preferiblemente mujeres rubias y de buen ver. No veo el problema… Existen gentes majaderas que tiemblan ante la posibilidad de encontrase con seres imaginarios como licántropos, frankensteines o chotacabras varios. Yo no, yo soy serio y sólo creo en los vampiros.
Y, por aquellas vicisitudes del plan de estudios de la Kent University, me he tenido que ver el Nosferatu de Herzog, la versión que hizo en 1979 del clásico de Murnau. No conocía ninguna de las dos ni creo que dedique un día de mi vida al original. Con la copia me ha bastado…
Y, por lo que sea, ha sido Werner Herzog el que me ha hecho caer en la auténtica realidad del personaje… ¿Qué es un vampiro?: ¿un monstruo, la sublimación sexual de no sé qué deseos ocultos, el malo de la peli…? Vale, todo eso es cierto, pero, por encima de todo, un vampiro es un muerto que quiere estar vivo. Todo lo que hace tiene ese objetivo: volver a vivir, no como un animal que se alimenta de lo que puede pillar por bosques ocultos y sombríos sino vivir (Vivir) con los otros vivos…
Y, puesto que desde que nacemos estamos muertos en realidad (no hay escape) todos somos un poco vampiros… ¿cómo no serlo?... ¿cómo no creer en ellos?
Piénsenlo.
Luego está lo de la tele, que a la que te asomas a ella ves muertos que se creen vivos y no paran de dar saltos, gritos y hasta mítines. Pero eso es otra historia.

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