“Del sentimiento trágico de la vida”, eso y muchas cosas más escribió Miguel de Unamuno en los primeros años del siglo… pasado. Era un pesado. Yo intenté hará un año leer “San Manuel Bueno, mártir” y no pude con él. Lo dicho, era un pesado. Pero al menos dejó ese título, esa combinación de palabras: sentimiento trágico de la vida. Es algo que en aquellos tiempos se podía decir, la vida era algo intrínsecamente trágico y la gente lo entendía.
Ahora no. Hemos evolucionado durante décadas hacia lo que llamamos “Estado del bienestar” (muchas cosas buenas, no lo niego; lo acepto y me aprovecho de ello como cualquiera), pero hemos dejado por el camino algunas cosas, entre ellas la idea de duda sobre nosotros mismos y sobre nuestra existencia…
Vas a un hospital, la cosa sale regular, y denuncias, te escandalizas y escandalizas a tu prójimo sobre lo que ha pasado o lo que podría haber llegado a pasar… Una abuela invierte todos sus ahorros en Lehman Brothers antes del petardazo y se encorajina a tutiplén y al juzgado…, y encima gana. Alerta amarilla, alerta naranja, alerta roja…, alertas por doquier. Para la lluvia, para el viento, para el polen, para el calor, para el frío…, alertas para todo. Se trata de que alguien o algo se haga responsable de nuestras dudas y miedos y nos diga: “tranquilos, yo me ocupo de que no os pase nada”, y nos lo creemos…, hasta que surge el desastre, y nos revolvemos furiosos en busca de un culpable…, y lo encontramos…, casi siempre. Incluso los canarios de Hierro empiezan a hablar en la tele con ese tono quejoso de quien no ha sido avisado a tiempo ni protegido convenientemente.
Yo, cuando llegue el caso, patearé, berrearé, protestaré airadamente, me quejaré con mocos rabiosos colgando de mi nariz, os culparé a vosotros, quienes quiera que seáis…, todo antes que admitir que la vida es eso, riesgo e incertidumbre, miedo y desolación, lucha y derrota…, vida en fin.
Pero ahora, aquí, sentado frente a un teclado, me permito deciros que os equivocáis, porque la sobreprotección sólo engendra debilidad, y somos, hoy, más débiles que nuestros padres.

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