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miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA PERLA

En una de mis cada vez más escasas y breves incursiones en los telediarios me he encontrado con uno de esos olores del pasado, una de esas inesperadas evocaciones de un tiempo ya perdido para siempre. Tengo muy buena memoria (o eso creo) pero mi sentido del olfato es casi nulo, prácticamente inexistente… De hecho, si alguien me dice: “¡mira, huele esto!” (casi siempre algún extraño arbusto campestre) tengo que hacer tanto esfuerzo físico por identificar “algo” que suelo acabar con el objeto en cuestión incrustado en mi pituitaria… A lo que iba, que son muy extraños los entresijos de la memoria cuando, con una base tan estropeada, son capaces de remontarse  veinte, treinta o cuarenta años atrás hasta un segundo concreto de una existencia ya pasada.



Y eso ha sido para mí hoy la noticia sobre cierto episodio ocurrido en el “Centro de Talasoterapia” (¿?) de “La Perla” de San Sebastián. “La Perla” que, cuando mis cuatro o cinco años de edad era una especie de club privado situado en la misma playa de La Concha, un lugar misterioso (jamás entré) y envidiado. “La Perla”, representación para mí de “el otro” San Sebastián. “La Perla”, como un palacio de Disney en la lejanía, apenas entrevisto desde la distancia de “Los Relojes”, el lugar de la playa en el que mi madre solía colocarse y colocarnos. “La Perla”, olvidada hasta hace unas horas cuando, desde las brumas del pasado, un cierto olor ha venido a traérmela de nuevo hasta mis cincuenta y pico años de hoy. “La Perla” que, ahora me doy cuenta, también me la habían robado, como tantas otras cosas, los que de un modo u otro, con zancadillas o a empujones, con insultos o con miradas, con mentiras siempre, han conseguido que el marco de mi infancia sea un lugar tenebroso y odiado. Los vascos, los pacíficos y oprimidos y asustados vascos.



Su olor es para mí de podredumbre.

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